Últimamente me persigue la meditación: reencuentro con algún que otro libro olvidado por casa y que se presenta ante ti aunque no lo llames, cuando solo estas echando un simple vistazo a las estanterías; alguna sugerencia publicitaria de red social en forma de cursos o estancias de meditación (la persona que ha escogido vivir conmigo puede tener razón: Facebook nos oye); el dichoso término mindfulness que parece que está siempre en la radio que escucho cuando friego platos o cocino; pero, sobre todo, sobre todo, supongo que la culpa de todo la tiene mi estado de ánimo más fluctuante de lo normal estos días.
Meditar es la hostia de complicado y requiere de una paciencia que yo sólo tengo a sorbitos. Está claro que aquietar nuestra mente tiene que tener algún beneficio: no puede ser sano estar siempre dándole vueltas a lo que hacemos, a lo que dejamos de hacer, a lo que nos pasa, a lo que no nos pasa, al ¿qué nos pasará?, e incluso a lo que sabemos que no nos pasará (nunca hay datos fiables pero también pienso en esas cosas que sé que no pasaran); a las relaciones con los que forman parte de nuestra vida (los que hemos escogido y los que han venido impuestos). Podemos entretenernos con lo que se entretenga cada uno: libros, cine, series, bares, juegos de rol, drogas, macramé, marquetería, música, hijos... e incluso los hay que se entretienen exclusivamente con su trabajo pero nada de eso está destinado a acallar la mente y parece que la meditación es la única manera de conseguirlo. También estoy utilizando de manera burda la primera persona del plural cuando seguramente hay mucha gente que no ha pensado nunca en la necesidad de acallar su mente, por falta de tiempo, por falta de comprensión o porque suena a cosa absolutamente aburridísima y poco práctica.
En todo caso, siguiendo cuatro nociones básicas, lo intento en casa y no acabo de estar cómodo porque todo lo que me rodea me es tan familiar y apetecible que siempre estoy deseando terminar cuanto antes para tumbarme en el sofá a leer y escuchar música, o sea, me lo impongo (error), me impongo estar ese rato con los ojos cerrados intentando escuchar el silencio (aunque nunca haya un silencio absoluto) y no pensar en nada, o cuanto menos, no valorar lo que parece imposible impedir que acuda a mi mente. Así que decido buscar un sitio para intentarlo con la meditación que no sea mi casa. No me apetece de momento buscar un centro especializado, así que pienso en encontrar un parque: un poco apartado, no muy concurrido, con césped, sería una buena opción y tras algunos paseos encuentro el parque que parece ideal:
Me llama la atención y escojo sentarme debajo de un árbol de tronco bifurcado aunque uno de los troncos esté cortado, siempre lo voy a reconocer; será «mi árbol de meditación»:
Su pausa dura poco, y se vuelve a poner en marcha. Va
sorteando obstáculos dirigiéndose hacia a algún lugar: pasa por encima y por
debajo de ramitas, a veces la pierdo unos segundos, pero siempre reaparece, a
pesar de lo diminuta que es y lo rápido que se mueve la identifico por eso más
grande que ella y que arrastra con tanto esfuerzo con sus mandíbulas. Me quedo
hipnotizado con ella, la sigo embelesado con su tesón. Vemos al cabo del día
muchos videos imbéciles por las redes y yo voy a poner un video de 1 minuto de
una hormiga. Es maravilloso, o yo al menos lo creo así. Si tenéis paciencia
suficiente de verlo hasta el final, podréis
ver como hacia el segundo 48 hay un momento tenso en el que pierde lo que lleva
entre las mandíbulas pero, sin dudar, vuelve a agarrarlo.
Y así sigo, olvidada la meditación, mirando el tortuoso devenir de una tarde en la vida de una hormiga y se me pasa por la cabeza algo que, en principio, creí que era una buena idea: ayudarla. Pienso en allanarle el camino, pienso en apartar de su camino hojas de césped y en retirar ramitas que le estorben en su trayectoria hasta su nido para que ande más cómoda. Pero ¿qué consigo?, consigo que suelte lo que lleve en las mandíbulas y la pierda de vista; veo lo que llevaba en la mandíbula pero ella ha desaparecido. Supongo que mi dedo la ha descolocado y le ha entrado algo parecido al miedo, a la inquietud de lo poco habitual: