jueves, 30 de junio de 2022

ENCUENTRO EL PARQUE

Últimamente me persigue la meditación: reencuentro con algún que otro libro olvidado por casa y que se presenta ante ti aunque no lo llames, cuando solo estas echando un simple vistazo a las estanterías; alguna sugerencia publicitaria de red social en forma de cursos o estancias de meditación (la persona que ha escogido vivir conmigo puede tener razón: Facebook nos oye); el dichoso término mindfulness que parece que está siempre en la radio que escucho cuando friego platos o cocino; pero, sobre todo, sobre todo, supongo que la culpa de todo la tiene mi estado de ánimo más fluctuante de lo normal estos días. 

Meditar es la hostia de complicado y requiere de una paciencia que yo sólo tengo a sorbitos. Está claro que aquietar nuestra mente tiene que tener algún beneficio: no puede ser sano estar siempre dándole vueltas a lo que hacemos, a lo que dejamos de hacer, a lo que nos pasa, a lo que no nos pasa, al ¿qué nos pasará?, e incluso a lo que sabemos que no nos pasará (nunca hay datos fiables pero también pienso en esas cosas que sé que no pasaran); a las relaciones con los que forman parte de nuestra vida (los que hemos escogido y los que han venido impuestos). Podemos entretenernos con lo que se entretenga cada uno: libros, cine, series, bares, juegos de rol, drogas, macramé, marquetería, música, hijos... e incluso los hay que se entretienen exclusivamente con su trabajo pero nada de eso está destinado a acallar la mente y parece que la meditación es la única manera de conseguirlo. También estoy utilizando de manera burda la primera persona del plural cuando seguramente hay mucha gente que no ha pensado nunca en la necesidad de acallar su mente, por falta de tiempo, por falta de comprensión o porque suena a cosa absolutamente aburridísima y poco práctica. 

En todo caso, siguiendo cuatro nociones básicas, lo intento en casa y no acabo de estar cómodo porque todo lo que me rodea me es tan familiar y apetecible que siempre estoy deseando terminar cuanto antes para tumbarme en el sofá a leer y escuchar música, o sea, me lo impongo (error), me impongo estar ese rato con los ojos cerrados intentando escuchar el silencio (aunque nunca haya un silencio absoluto) y no pensar en nada, o cuanto menos, no valorar lo que parece imposible impedir que acuda a mi mente. Así que decido buscar un sitio para intentarlo con la meditación que no sea mi casa. No me apetece de momento buscar un centro especializado, así que pienso en encontrar un parque: un poco apartado, no muy concurrido, con césped, sería una buena opción y tras algunos paseos encuentro el parque que parece ideal:



Me llama la atención y escojo sentarme debajo de un árbol de tronco bifurcado aunque uno de los troncos esté cortado, siempre lo voy a reconocer; será «mi árbol de meditación»:


Espalda recta (tengo un debate interno si apoyarla en el tronco del árbol, y decido, de momento, no hacerlo); palmas de las manos mirando hacia arriba (derecha sobre izquierda) y reposando a la altura del abdomen y piernas cruzadas. Estoy pendiente de mi respiración, noto como sube y baja el abdomen aunque intento no obsesionarme con ella. No tengo ningún sofá cerca, ni ningún libro, ni música; me podía tumbar en la hierba pero juega a mi favor que nunca he sido mucho de estar tirado en el suelo y la hierba que rodea mi árbol está bastante pelada y no debe ser muy mullida. Todo parece ir bien o, al menos, distinto a casa, otras sensaciones: estoy relajado aún con las mismas cosas que siempre vienen a mi cabeza; no me entran esas acuciantes ganas de acabar de hacer el idiota con los ojos cerrados que me entran en casa y pasa un tiempo (me he prohibido controlarme el tiempo con el móvil) que yo calculo entre 20-30 minutos (no tenemos ni puta idea de controlar el tiempo sin ayuda) así que, sorprendido, tengo ganas de seguir más tiempo pero me permito una pausa y abro los ojos (también se puede meditar con los ojos abiertos), aunque cometo el error de dejar de mirar a mi horizonte y bajo la vista hacia el suelo, y allí, entre ramitas y hojas de césped, la veo, haciendo una pausa (como yo) encima de una colilla:


Una hormiga con algo muy grande entre sus mandíbulas:

Su pausa dura poco, y se vuelve a poner en marcha. Va sorteando obstáculos dirigiéndose hacia a algún lugar: pasa por encima y por debajo de ramitas, a veces la pierdo unos segundos, pero siempre reaparece, a pesar de lo diminuta que es y lo rápido que se mueve la identifico por eso más grande que ella y que arrastra con tanto esfuerzo con sus mandíbulas. Me quedo hipnotizado con ella, la sigo embelesado con su tesón. Vemos al cabo del día muchos videos imbéciles por las redes y yo voy a poner un video de 1 minuto de una hormiga. Es maravilloso, o yo al menos lo creo así. Si tenéis paciencia suficiente de verlo hasta el final,  podréis ver como hacia el segundo 48 hay un momento tenso en el que pierde lo que lleva entre las mandíbulas pero, sin dudar, vuelve a agarrarlo. 

  


Y así sigo, olvidada la meditación, mirando el tortuoso devenir de una tarde en la vida de una hormiga y se me pasa por la cabeza algo que, en principio, creí que era una buena idea: ayudarla. Pienso en allanarle el camino, pienso en apartar de su camino hojas de césped y en retirar ramitas que le estorben en su trayectoria hasta su nido para que ande más cómoda. Pero ¿qué consigo?, consigo que suelte lo que lleve en las mandíbulas y la pierda de vista; veo lo que llevaba en la mandíbula pero ella ha desaparecido. Supongo que mi dedo la ha descolocado y le ha entrado algo parecido al miedo, a la inquietud de lo poco habitual:



Ha sido una idea de mierda, le he jodido la tarde a la hormiga. Revuelvo ramitas buscándola. Supongo que nadie en el mundo es capaz de distinguir una hormiga de otra, pero la verdad que ese pequeño trozo de tierra era la única hormiga que he visto y quiero devolverle su trozo de cosa que ha soltado por mi culpa. Pasan unos buenos minutos y lo doy por imposible. Me quedo con la cosa que llevaba en las mandíbulas y no parece nada parecido a comida:



Más bien parece una rama, pero no seca como las demás que están en el suelo y que tan trabajosamente sorteaba mi hormiga; una rama que quizás todavía contiene algún nutriente. 

Creo que todo ese rato con mi hormiga y darme cuenta de lo imbéciles que podemos ser sin quererlo ha sido mi mejor sesión de meditación desde que intento meditar. 

sábado, 4 de junio de 2022

HACIA EL PÁLIDO, SILENCIOSO FRENESÍ DE LA GUSANERÍA.

 Todo lo que voy a escribir ahora es por «La vida breve» de Juan Carlos Onetti, recién releído. Estrujada, inabarcable y agotadora novela que, no voy a engañar, me ha supuesto tal esfuerzo releer que me he ganado a pulso utilizar los múltiples subrayados que he hecho en el libro para algo que no tengo claro, antes de empezar a escribir, qué será, pero sí tengo claro que estará alejado de cualquier intento de crítica literaria o explicación de trama.


En mi vida estoy seguro que muchas veces no consigo explicarme bien: «es que estoy seguro de no habértelo explicado bien, impedido por el vértigo de la vida moderna» y es que los días pasan y «cualquier cosa repentina y simple iba a suceder y yo podría salvarme escribiendo» a pesar que tengo cada vez más claro que «la vida está hecha, desde muchos años atrás, de malentendidos» en un momento en el que «estamos a un paso de aceptar que, en definitiva, sólo uno mismo es importante, porque es lo único que nos ha sido indiscutiblemente confiado». Esto último es lo que Onetti mismo parece decirnos en esta foto en la que nos señala amenazante para que no dudemos como siempre. 


—¿Qué es la vida breve Onetti?.

— «una vida breve en la que el tiempo no podía bastar para comprometerme, arrepentirme o envejecer»


Hace ya meses que fui despedido de un trabajo de más de diez años y aún hoy, no puedo evitar arrastrar alguna consecuencia «y desde entonces yo había estado fluctuando entre un miedo abyecto y la idea de tres o cuatro meses de libertad relativa; había deseado y temido el cheque que acompañaría el despido, los ciento veinte días de inconsciencia, de estar conmigo mismo y a solas en las calles donde se movía el viento de primavera, detenerme, por fin, a pensar en mí como en un amigo al que no se ha prestado nunca la debida atención y al que, tal vez, sea posible ayudar», pero, sobre todo: «sospeché que eras tan idiota como para preocuparte de tu empleo».

Me gustaría utilizar la literatura como escapismo pero no siempre permite escapar: «lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas» con lo cual paso durante algún tiempo a la literatura de entretenimiento y a la literatura intermedia y ando mucho, pero también paso mucho tiempo tumbado «invoco la paz y la alegría de estar casi vivo que habían descendido siempre hacia mí desde el techo de la habitación» porque pienso que «basta ser despiadadamente leal con uno mismo para que la vida vaya encajando, en momento oportuno, los hechos oportunos»

Muchas veces encuentro ayuda en mi vida cotidiana que últimamente anda descontrolada y ese puro descontrol creo que es la ayuda a que no sea tan abrumadoramente cotidiana. Y compro el pan cada día, un pan que no es para mí, es de encargo, y me ha pasado que al ir a comprar la barra diaria, en la puerta de la panadería, me ha parado alguien trajeado y me ha dicho que por comprar pan en esa panadería, por cortesía de TECNOCASA me regalaban otra barra, y, como odio las agencias inmobiliarias y estoy últimamente a la que salta le he dicho que ni sediento en un desierto y me encontrara un stand de TECNOCASA con limonada aceptaría la limonada (lo cual es, evidentemente, una exageración, me bebería dos vaso seguidos) y le he dicho al tipo trajeado que se buscara otro trabajo y  todo se lo he dicho sin mirarle a los ojos sino que he estado mirando todo el rato su corbata verde, el color corporativo de TECNOCASA y he recordado un sombrero de Onetti: «porque así como el traje recto y flojo es el uniforme de todas las inminentes madres del mundo, el pequeño sombrero sin adorno, ceñido como un casco, proclama la resolución de la pureza, el desprecio por las posibilidades sensuales de la vida, su adhesión al deber y a la soberbia estupidez».

Y como tengo tiempo y es casi verano me acuerdo de otros veranos: «Descendí por Corrientes paso a paso, alternando la fatiga de las manos que sostenían la valija, encontrándolo todo bueno, apropiado todo a los méritos, las necesidades, lo que eran capaces de soñar las gentes. Crucé el círculo del Obelisco con al decisión de reconstruir una noche de mi adolescencia en la que habría afirmado, en soledad o ante sordos, que el período de la vida perfecta, los rápidos años en que la felicidad crece en uno y desborda (en que la sorprendemos como a una hierba incontenible naciendo en todos los rincones de la casa, en cada pared de las calles, debajo del vaso que alzamos, en el pañuelo que abrimos, en las páginas de los libros, en los zapatos que embocamos por las mañanas, en los ojos anónimos que nos miran un intante), los días hechos a la medida de nuestro ser esencial, pueden ser logrados ーy es imposible que suceda de otra maneraー si sabemos abandonarnos, interpretar y obedecer las indicaciones del destino; si sabemos despreciar lo que debe ser alcanzado con esfuerzo, lo que no nos cae por milagro entre las manos»

Y acabo ya todo esto, escrito de manera muy apresurada como compensación al esfuerzo de releer: «La vida breve»; me he tomado todas las licencias que me ha dado la gana para hacer mías todas sus frases, Onetti, con su no importismo total que conseguía hacer dulces las amarguras de la vida, creo que no lo vería mal. 


«Consiguió un taxi en la esquina y vi el último adiós de su mano, lo vi alejarse, en el comienzo de la noche, hacia el mundo poético, músical y plástico del mañana, hacia nuestro común destino de más automóviles, más dentífricos, más laxantes, más toallitas, más heladeras, más relojes, más radios; hacia el pálido, silencioso frenesí de la gusanería»