Siempre he tenido muy claro que cuando alguien tose en una película es que va a morir.
La película es Cronaca Familiare (1962) de Valerio Zurlini, un peliculón triste, en el que Mastroianni es el hermano mayor que, a pesar de esa fea tos, sobrevive al final para asistir a la muerte de su hermano pequeño. La película está basada en el libro del mismo título del escritor Vasco Pratolini, en el que se describe la relación afectiva del escritor con su hermano. Separados desde muy pequeños (muere la madre, del padre no se sabe nada y la abuela, por pura miseria, no puede con los dos), al hermano menor lo educa el mayordomo de un conde que le inculca una educación severa y destinada a hacer del muchacho alguien en la vida. Con el paso de los años, los hermanos se reencuentran. La misería no ha mejorado mucho pero mantienen una relación afectiva hasta que el hermano menor es diagnosticado de una rara enfermedad y muere, a pesar que el que tose durante toda la película es el hermano mayor; o sea que no, no siempre que alguien tose en una película es que va a morir, quizás en la mayoría de veces se muere, pero no en todas y puede ser una tontería sin importancia pero a mí siempre me gusta descubrir excepciones.
Leyendo sobre historia medieval llego a la leyenda sobre la concepción del futuro rey Jaume I. Su padre, Pere II el Católico, se casó el 15 de julio de 1204 con María de Montpellier. María era hija de Eudoxia Comnena, noble de la familia real bizantina que fue enviada a la Provenza para casarse con Alfonso II de Aragón (padre de Pere II, abuelo de Jaume I), pero cuando llegaron a su destino se encontró que el rey Alfonso ya se había casado con Sancha de Castilla. Ante este desplante, Eudoxia no tuvo más remedio que casarse con el señor de Montpellier Guillermo VIII. De este matrimonio nació María de Montpellier, pero como Guillermo ansiaba un varón se divorció de Eudoxia que fue mandada a un monasterio hasta su muerte en 1203. María no tiene mejor suerte que su madre: se casa con doce años con un vizconde de Marsella del que enviuda en tan solo unas semanas y su padre, Guillermo VIII, para alejarla de Montpellier y de su herencia, la casa en 1197 con Bernardo conde de Cominges y tiene dos niñas. Su padre la repudia poco antes de morir y en 1201 Bernardo se separa de ella de acuerdo con Pere II el Católico para que este se pudiera casar con ella y reclamar Montpellier bajo la figura de María como legítima heredera. El interés de Pere II en María era nulo, solo se había casado con María con la intención de ganar posición en Montpellier y combatir mejor a sus enemigo en Occitania. Así se fragua la leyenda en una noche de primavera de 1207 en el palacio de Mirabais en Montpellier: los cronistas Ramon Muntaner y Bernat Desclot explican que, en una de las visitas del rey a Montpellier, fue necesario engañarlo para que se acostara con María. Los nobles de Montpellier hablan con Guillem de Alcalà, hombre de confianza de Pere, que convence al rey para acudir a una cámara en la que encontraría a una dama de la corte que Pere hacía tiempo que deseaba (aunque hay versiones de la leyenda que dicen que fue la propía María la que urdió todo con Guillem de Alcalà). En la más completa oscuridad quién realmente estaba en esa cama era María. Detràs de la puerta de la cámara todo un séquito de vasallos, barones del reino, religiosos, notarios y oficiales del obispo sostenían cirios encendidos para proveer el encumbramiento. Con la luz del día, todos los «testigos» abren la puerta de la estancia haciéndole ver al rey con quién realmente se había acostado y Pere huye malhumorado pero bien follado.
No me importa la veracidad de la leyenda que seguramente es mucho más emocionante que lo que verdaderamente pasó con ese coito, lo que me ha reavivado la leyenda es volver a pensar en una idea de esas que apunto en libretitas para que alguna vez se conviertan en algo pero que casi nunca se convierten en nada: crónicas televisivas in situ de algunos sucesos históricos anteriores a la creación de la televisión. Con la leyenda sobre Jaume I me imagino al rey Pere cabreado al salir del palacio y montando en su caballo, llevándose por delante a algunos papparazis que lo atosigan micro en mano; me imagino a la reina María explicándolo todo en un programa de máxima audiencia por episodios; me imagino a alguna doncella de palacio vendiendo su información en un programa del corazón. Me lo imagino todo hasta que, como siempre, me topo con esto sobre la Comuna de París del 28 de marzo al 28 de mayo de 1871:
La Comuna de París gobernó la ciudad durante 60 días y allí estaba esa televisión que cubre la noticias de las elecciones libres que los insurgentes celebran el 26 de marzo de 1871 en las que se aprobaron los motivos de la revuelta y que constituyen la Comuna de París dos días más tarde. Ninguna puta idea es original, todo son variantes de algo ya pensado.
Voy paseando con los oídos bien abiertos a lo que escucho de pasada. Ese escuchar de pasada siempre me ha encantado. NO es quedarte a escuchar demasiado más porque eso sería premeditado. Todo tiene que ser absolutamente de pasada, si te quedas mucho tiempo a profundizar en lo escuchado o en quién lo ha dicho se pierde toda la magia. El último domingo en una de las paradas de libros del mercado de Sant Antoni ojeaba libros sin demasiada ilusión de encontrar algo interesante. Tenía a mi lado una niña con un libro abierto en la mano, fue hasta la última página y dijo muy sorprendida:
- ¡Tiene 716 páginas!
Fue algo muy breve, no hubo ningún atisbo de pedirle a la madre que le comprara el libro, simplemente la niña se sorprendía del número de páginas y me quedó la duda de saber si la sorpresa era hacía el autor que había podido escribir 716 páginas o sobre alguien capaz de leer 716 páginas. Me marché muy rápido por lo de no romper la magia, pero me quedó en la memoria la portada del libro. Volví más tarde a comprobar qué libro era y lo compré sin importarme demasiado título, ni autor (al que conocía y no me apasionaba) ni si quiera me importó que fuese de Círculo de Lectores, ediciones de las que huyo siempre.
Esta foto es de una zona habitual de mis paseos. Hay un parque en la parte de abajo, en la entrada del metro y hay un ascensor para subir al nivel de la calle.
- ¡Me voy a matar!
Me quedó la duda si lo hacía siempre cuando alguien pasaba para llamar la atención, o si fue algo espontáneo porque el juego de subir y bajar del ascensor aburría y ya no daba para más. Como la niña del mercado de Sant Antoni, podríamos decir eso de «cosas de niños» (cosas insondables), y quedarnos tan panchos, sin necesidad de darle la más mínima importancia o de dejarlo reflejado en un blog que no lee nadie (o casi nadie). Pero no puedo dejar de pensar en esos niños dentro de 20 años: si recordaran esos comentarios como yo los recuerdo ahora o, incluso, a mí de anciano que nunca sabrá si me puedo topar con ellos, ya adultos, en la cola de un supermercado, en el metro o como famosos de la tele, internet o el puto deporte. En todo caso, con esto mío de lo de escuchar de pasada, me topo, como siempre, con esto de Vila-Matas:
Esta vez me queda el consuelo que yo no procuro espiar, y tampoco circunscribo mi escucha al transporte público (aunque lo reconozco una fuente inagotable de buenas escuchas).
La persona que ha escogido vivir conmigo y yo somos auténticos fans de las pipas. Pipas sin sal por supuesto. Nuestra vida en casa no se entendería sin pipas (como nuestra vida no se entendería sin nuestra vida en casa). Probamos de todas las marcas, aunque con el tiempo hemos descartado las más standards como Churruca, Grefusa o Frit Ravitch. Dicen que las Facundo son buenísimas pero nos negamos a probarlas por este mensaje imbécil en sus bolsas:
Durante mucho tiempo nuestras favoritas han sido las del Mercadona, pero últimamente son demasiado grandes y han sido desbancadas por las pequeñitas de Bon Area, preciosas todas apretadas en su bolsa, en una composición casi cubista:
Nos ponemos nerviosos cuando nos estamos quedando sin pipas. Vivimos pendientes de nuestras reservas. A veces, cuando sólo come uno porque al otro no le apetecen, al poco rato, al que no le apetecían se pone a comer también: no sé si porque le han venido las ganas de golpe o porque le da rabia ver al otro comer lo que significa que vayan bajando las reservas (aunque en el armario de la cocina hayan cinco paquetes más). En todo caso, esta vez sí que me he puesto muy contento al releer a Pérez Andujar y toparme con esto: